Hace ya 9 años y todavía resuena en mis oídos el crujir del hielo al romperse cayendo sobre el lago Argentino. El glaciar está vivo, se mueve y respira ante nuestra atenta mirada.
Era el mes de diciembre de 2002, acabábamos de aterrizar en El Calafate, en plena Patagonia Argentina, después de un eterno vuelo desde Madrid con escala en Buenos Aires. En esta ocasión me acompañaban algunos de mis mejores amigos (pocas veces había tenido la suerte de proponer un viaje como este y tener tanta aceptación). Aquel viaje, por muchas cosas, era importante para mí y era importante que ellos estuvieran conmigo en aquellos momentos.
Como podréis imaginar, aquella tarde la pasamos durmiendo después de tantas horas de viaje. Lo que nos había llevado hasta aquel lugar era, sin duda, el Parque Nacional de los Glaciares y, por supuesto, el majestuoso Perito Moreno.
Al día siguiente muy temprano salimos en bus hacia el lago Argentino, donde mueren los hielos eternos. La primera sensación que uno tiene al pararse frente al Perito Moreno es la inmensidad y la pequeñez al mismo tiempo. Me sentía una gota de agua en un océano de hielo. Mi vista no alcanzaba a ver el final allá lejos entre las montañas, simplemente, se perdía en el horizonte andino.
Nos dijeron que es de los pocos glaciares (si no el único) que se puede observar a tan solo unos pocos metros desde tierra firme. Pasamos unas 6 horas parados frente al glaciar y nos parecieron minutos.
Afortunadamente no había muchos turistas, apenas estábamos nosotros y algún pequeño grupo más. La primera vez que se hizo un silencio total entre nosotros, empezamos a disfrutar del Perito Moreno no solo con la vista, sino también con los oídos. El glaciar gritaba agonizante cada vez que se desprendía de su piel un pedazo de hielo que quedaba a la deriva en el lago.
Estando allí de pié ante una de las grandes maravillas de la naturaleza, en silencio, mirando con complicidad a mis amigos, llegué a sentir el orgullo de ser quien soy.
Todavía resuena en mis oídos el crujir del hielo al romperse...
Últimos gorilas de montaña del planeta
sábado, 26 de noviembre de 2011
sábado, 12 de noviembre de 2011
Tierra, mar y fuego, Islas Galápagos
Hace ya tres semanas que volví de Galápagos y todavía puedo oír con nitidez el romper de las olas bajo la ventana de mi habitación en la hermosa playa de Isabela.
Hace ya muchos años que quería conocer un lugar que se adentra en el Pacífico más de mil kilómetros desde la costa ecuatoriana, las Islas Galápagos. Lo que no sabía en aquel momento es que esas islas me iban a cautivar de una manera tan brutal. Por todas las fotos que había visto, me imaginaba un paisaje desértico salpicado por cientos de animales únicos, pero lo que me encontré nada más bajar del avión de la compañía Aerogal (una de las dos que vuelan a la isla de Baltra desde Quito) fue mucho más que eso, paisajes sacados de una película de ciencia ficción, aguas tan cristalinas que te permiten observar la profundidad del océano, animales que se han adaptado para vivir en un lugar recóndito del Planeta (Por algo Darwin quiso comprobar en las islas que su teoría de la evolución era una realidad), volcanes activos salpicados por el interior de las islas y así podría seguir describiendo un lugar realmente mágico.
Pasé 8 días recorriendo principalmente tres islas, Santa Cruz, Isabela y San Cristóbal, y me hubiera quedado mucho más para poder conocerlas todas. Disfruté en Santa Cruz paseando entre tortugas gigantes en libertad, bañándome en la solitaria playa de Tortuga bay (quizá la playa más bonita que haya visto nunca), saliendo al encuentro de miles de iguanas marinas o haciendo kayak mientras un buen puñado de tiburones me rodeaban como en esas imágenes del naufrago en una tabla de madera en mitad del mar.
En San Cristóbal tuve la suerte de encontrarme de frente con un león marino mientras hacía snorkel en una solitaria cala y más tarde me senté en medio de una colonia de leones marinos para dejar pasar el tiempo de la naturaleza a mi alrededor.
Por último, Isabela me sorprendió por solitaria e inhóspita. Los días que pasé en la isla fueron inolvidables. Visitar solitarias playas, asomarse al cráter de un volcán activo, tomar un coctel viendo el atardecer en Iguana Point, nadar entre decenas de tortugas marinas o perderse por las calles del pequeño pueblo que parece anclado en el pasado.
Ahora solo me queda recordar lo vivido y soñar con el momento de volver a navegar entre la tierra, el mar y el fuego.
Hace ya muchos años que quería conocer un lugar que se adentra en el Pacífico más de mil kilómetros desde la costa ecuatoriana, las Islas Galápagos. Lo que no sabía en aquel momento es que esas islas me iban a cautivar de una manera tan brutal. Por todas las fotos que había visto, me imaginaba un paisaje desértico salpicado por cientos de animales únicos, pero lo que me encontré nada más bajar del avión de la compañía Aerogal (una de las dos que vuelan a la isla de Baltra desde Quito) fue mucho más que eso, paisajes sacados de una película de ciencia ficción, aguas tan cristalinas que te permiten observar la profundidad del océano, animales que se han adaptado para vivir en un lugar recóndito del Planeta (Por algo Darwin quiso comprobar en las islas que su teoría de la evolución era una realidad), volcanes activos salpicados por el interior de las islas y así podría seguir describiendo un lugar realmente mágico.
Pasé 8 días recorriendo principalmente tres islas, Santa Cruz, Isabela y San Cristóbal, y me hubiera quedado mucho más para poder conocerlas todas. Disfruté en Santa Cruz paseando entre tortugas gigantes en libertad, bañándome en la solitaria playa de Tortuga bay (quizá la playa más bonita que haya visto nunca), saliendo al encuentro de miles de iguanas marinas o haciendo kayak mientras un buen puñado de tiburones me rodeaban como en esas imágenes del naufrago en una tabla de madera en mitad del mar.
En San Cristóbal tuve la suerte de encontrarme de frente con un león marino mientras hacía snorkel en una solitaria cala y más tarde me senté en medio de una colonia de leones marinos para dejar pasar el tiempo de la naturaleza a mi alrededor.
Por último, Isabela me sorprendió por solitaria e inhóspita. Los días que pasé en la isla fueron inolvidables. Visitar solitarias playas, asomarse al cráter de un volcán activo, tomar un coctel viendo el atardecer en Iguana Point, nadar entre decenas de tortugas marinas o perderse por las calles del pequeño pueblo que parece anclado en el pasado.
Ahora solo me queda recordar lo vivido y soñar con el momento de volver a navegar entre la tierra, el mar y el fuego.
Etiquetas:
antequera,
aventura,
Ecuador,
Islas Galápagos,
viajar
Ubicación:
Islas Galápagos, Ecuador
martes, 1 de noviembre de 2011
El mejor café del mundo, Colombia
Es verdad que resulta mucho más fácil escribir sobre las lugares que uno ha visitado recientemente, el problema es que a veces uno no ha generado la perspectiva suficiente como para describir el viaje de una manera objetiva. En este caso me atrevo a escribir algo sobre el viaje que he hecho este fin de semana pero porque no es la primera vez que voy al Eje Cafetero.
Hace ya más de un año y medio que vivo en Bogotá y en este tiempo he tratado de conocer un poco más a fondo este país, que desde el exterior da tanto miedo. No podemos ocultar que cuando alguien habla de Colombia la cabeza del que lo escucha empieza a llenarse de "secuestros", "droga", "grupos armados" y, aunque no podemos ocultar que existe, puedo asegurar que eso no es más que una milésima parte de un país en el que se siente la hospitalidad y la alegría en cualquier rincón. Por algo está siendo uno de los mejores años de mi vida.
Si me piden que cierre los ojos por un instante y piense en un paisaje de Colombia, sin lugar a dudas mi mente va a quedar envuelta por las hojas de las Palmas de Cera del Valle del Cocora. Y es que el Eje Cafetero es uno de los lugares más recomendables de este país.
Es verdad que en el exterior, como tantas otras cosas de Colombia, el Eje apenas es conocido a pesar de estar presente, de alguna manera, en la mayoría de nuestros desayunos. Aquí se produce la mayor parte del Café de Colombia que tantas veces nos ha enseñado Juan Valdez y su burro. Se puede considerar que es el triángulo formado por las ciudades de Pereira, Armenia y Manizales.
Las veces que he ido me he alojado en una hacienda cafetera de las muchas que hay en la zona. Aquí uno puede vivir la experiencia de beber un estupendo café en su lugar de origen, en medio de unos hermosos cafetales.
Hay muchas cosas que me gustan de este lugar, pero que no os voy a contar para que os sorprenda a vosotros de la misma forma que me sorprendió a mí.
Hace ya más de un año y medio que vivo en Bogotá y en este tiempo he tratado de conocer un poco más a fondo este país, que desde el exterior da tanto miedo. No podemos ocultar que cuando alguien habla de Colombia la cabeza del que lo escucha empieza a llenarse de "secuestros", "droga", "grupos armados" y, aunque no podemos ocultar que existe, puedo asegurar que eso no es más que una milésima parte de un país en el que se siente la hospitalidad y la alegría en cualquier rincón. Por algo está siendo uno de los mejores años de mi vida.
Si me piden que cierre los ojos por un instante y piense en un paisaje de Colombia, sin lugar a dudas mi mente va a quedar envuelta por las hojas de las Palmas de Cera del Valle del Cocora. Y es que el Eje Cafetero es uno de los lugares más recomendables de este país.
Es verdad que en el exterior, como tantas otras cosas de Colombia, el Eje apenas es conocido a pesar de estar presente, de alguna manera, en la mayoría de nuestros desayunos. Aquí se produce la mayor parte del Café de Colombia que tantas veces nos ha enseñado Juan Valdez y su burro. Se puede considerar que es el triángulo formado por las ciudades de Pereira, Armenia y Manizales.
Las veces que he ido me he alojado en una hacienda cafetera de las muchas que hay en la zona. Aquí uno puede vivir la experiencia de beber un estupendo café en su lugar de origen, en medio de unos hermosos cafetales.
Hay muchas cosas que me gustan de este lugar, pero que no os voy a contar para que os sorprenda a vosotros de la misma forma que me sorprendió a mí.
Ubicación:
Pereira, Risaralda, Colombia
Suscribirse a:
Entradas (Atom)