Últimos gorilas de montaña del planeta

Últimos gorilas de montaña del planeta

domingo, 26 de febrero de 2012

Los últimos gorilas de montaña, Ruanda


Hace ya muchos años, en una visita a Fitur, entre los miles de catálogos que me llevé a casa, había uno que se llamaba Pasaporte a la Aventura. En las páginas centrales de aquel pequeño librito había una foto que me llamó la atención especialmente sobre las demás. Desde entonces soñé con conseguir aquella foto, yo también quería estar delante de una familia de gorilas en plena naturaleza.

Los únicos lugares del mundo donde se pueden ver los gorilas de montaña son en Uganda, Ruanda y Congo. En mi caso, me fui hasta Ruanda, al Parque Nacional de los Volcanes, para vivir una de las experiencias más emocionantes que recuerdo.

Llegamos por la tarde a una pequeña ciudad del norte de Ruanda llamada Ruhengeri (hablo en plural porque tuve la suerte de hacer este viaje con mi hermana). Estábamos tan solo a unas horas de nuestro objetivo y el nerviosismo se notaba en el ambiente. Nos alojamos en el mismo hotel donde años antes, la mayor defensora de los gorilas, Dian Fossey, se alojaba cada vez que abandonaba su refugio en las montañas para ir a la ciudad. Aquella noche, cenando bajo un manto increíble de estrellas, nuestra imaginación no paraba de provocarnos con cómo sería aquel encuentro con los gorilas, si los veríamos, si sentiríamos miedo, si podría estar tan cerca como la mujer que aparecía en aquella foto del catálogo.

Apenas pudimos dormir. Nos levantamos a las cinco de la mañana para salir hacia el parque nacional.

Desde que habíamos decidido emprender aquel viaje, María había estado leyendo mucho sobre los últimos gorilas de montaña y recuerdo que, en el aeropuerto de Madrid, justo antes de coger el vuelo, me dijo que quería ver a la familia Susa. Me contó que era la familia más grande de gorilas que había en aquella zona, con más de 30 integrantes y 3 machos espalda plateada (normalmente solo hay uno por familia). También me dijo que aquella familia es la más difícil de encontrar y la que más esfuerzo requiere ya que suele estar en la parte más alta de la montaña. Desde aquel momento, Susa fue nuestro objetivo.

Cuando llegamos al parque nacional, los rangers nos esperaban para sortear las familias de gorilas a visitar entre los 8 grupos de 8 personas que cada día pueden visitar el parque. María y yo, cruzamos los dedos y esperamos impacientes que sonara la palabra Susa en la boca de nuestro ranger. Y sonó. En ese momento, la sensación de felicidad fue inmensa.

Nos pusimos en camino tras una breve charla de seguridad sobre cómo actuar cuando estuviéramos con los gorilas. La caminata fue dura. Al principio atravesamos por una zona de cultivos, más adelante la selva empezó a hacerse cada vez más densa y la niebla cubría gran parte de la montaña. Llevábamos unos guantes especiales para apartar las ortigas, pero no eran suficientes para la cantidad que había y que nos llegaban hasta la cara. Estuvimos caminando aproximadamente tres horas hasta que el ranger se volvió y con una gran sonrisa nos dijo: "Están aquí al lado". El corazón comenzó a latir a una velocidad de miedo y yo no acertaba ni a coordinar mis pies para continuar.

De pronto, el ranger nos dijo que paráramos y miráramos a nuestro alrededor. Lo siento, pero no soy capaz de describir aquel momento. Levanté los ojos, comencé a girar sobre mí mismo disfrutando de la gran familia de gorilas que me rodeaba, algunos, a solo dos metros. Estoy escribiendo estas líneas y todavía se me acelera el corazón al recordarlo.

Disfrutamos de aquel espectáculo durante una hora, que es el tiempo máximo permitido para estar con los gorilas. Durante ese tiempo los vimos comer, jugar, subir a los árboles y observarnos con una mirada que no se olvida jamás.

El tiempo pasó rapidísimo y antes de darnos cuenta, estábamos descendiendo de nuevo de la montaña, pero en nuestra cabeza y en nuestro corazón había quedado para siempre la experiencia más impresionante que recuerdo.

Ah! y traía mi foto.









domingo, 12 de febrero de 2012

Antequera, mi punto de partida

A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de viajar por casi todos los continentes (me falta la Antártida) y he visto algunos de los lugares más impresionantes de la Tierra, desde Machu Pichu hasta Ayers Rock, o desde Ciudad del Cabo hasta los templos de Angkor. Pero la ilusión y energía necesaria cada vez que se emprende un nuevo viaje, nace en el corazón de Andalucía, bajo la atenta mirada de un indio que cuida su vega y de un joven romano que permanece en su ciudad con el paso del tiempo.

Antequera es la ciudad que me vio nacer y donde surgieron mis primeros deseos de conocer sin descanso un mundo inalcanzable en aquel momento y que hoy, con el paso del tiempo, ha caído en mis manos.
Estoy seguro de que ese deseo de conocer más allá de nuestras fronteras es la consecuencia de nacer en una ciudad monumental con tanta riqueza histórica y natural.

A mitad de camino entre las principales ciudades andaluzas, Antequera se abre como un abanico entre su fértil vega y el Paraje Natural de El Torcal. La que fue una de las últimas plazas en la reconquista es hoy una ciudad que conserva el encanto de aquella época al pasear por las estrechas callejuelas de la parte antigua, dominadas por el castillo de Papabellotas. Con una población en torno a los 40 mil habitantes, popularmente se dice que Antequera posee más iglesias que cualquier otra ciudad española, entre las que destaca la Iglesia del Carmen, con su retablo barroco.

A mi me gusta, en días como hoy, pasear por la parte antigua a primera hora de la mañana, cuando la ciudad va despertando al salir el sol por la Peña de los Enamorados, acercarme al mirador frente al Arco de los Gigantes y disfrutar de una ciudad blanca salpicada por las torres de sus iglesias. En este paseo matutino hay que hacer un alto obligado en el camino para tomar un café con un delicioso mollete, un pan de origen árabe que hoy forma parte del desayuno de la mayoría de los antequeranos.

Tras un largo paseo por la historia, a primera hora de la tarde, me voy caminando hacia otro de esos rincones donde me perdería durante horas, el dolmen de Menga, un enterramiento megalítico de casi 4.000 años de antigüedad considerado uno de los más grandes del mundo. Cada 21 de junio, con el solsticio de verano, su interior se ilumina con el primer rayo de sol como queriendo despertar los misterios del pasado.

Después de este paseo melancólico la ciudad comienza a oscurecerse, las calles adoquinadas quedan iluminadas por la tenue luz de las farolas y, antes de entrar en casa, apoyado en el postigo de madera, cierro los ojos y siento que cualquiera de mis viajes por el mundo tienen sentido siempre que vuelva a cerrar el postigo de casa después de un día como el de hoy, disfrutando de Antequera.