Hace muchos años,cuando veía fotos de la lejana Australia, siempre me llamaba la atención esa especie de montaja rojiza que se encuentra en pleno centro de Australia, lejos de todo. Siempre pensé que quería pararme delante de ella y experimentar esa atracción que todo el que la visita dice sentir.
Decidí aventurarme en agosto de 2009 y emprender el viaje más lejano que había hecho hasta la fecha. Por fin iba a poner mis pies en Oceanía y solo por eso ya era emocionante. Entre otros lugares, tenía claro que quería ver Uluru (es el nombre aborigen, aunque es más conocido como Ayers Rock). Para llegar, hice un larguísimo camino en autobús desde Darwin. Tardé tres días en llegar atravesando uno de los lugares más desérticos y aislados que conozco. Durante cientos de kilómetros no veias a nadie, ni una casa, ni una gasolinera, apenas un coche,...Y ahí iba yo, camino del centro de Australia y emocionado porque ya me faltaba muy poco para ver la montaña roja.
Aquella mañana amaneció nublado y con algunas gotas de lluvia cayendo sobre la arena roja. Durante los últimos kilómetros temí no ver ese atardecer mágico que tantas veces había soñado. Al llegar al mismo centro de Australia, empezó a aparecer en el horizonte, como un espejismo. la inconfundible silueta. Cuando ya estaba a tan solo unos cientos de metros, me detuve, miré a mi alrededor esperando ver un pequeño rayo de sol que iluminara Uluru. Después de un rato largo, las nubes dejaron un hueco perfecto en el horizonte y, como un regalo especial por haber llegado hasta allí, el sol comenzó a iluminar la montaña desde su base hasta la parte más alta. Era indescriptible la sensación de ver "encenderse" Uluru con aquella intensidad y mágicamente rodeada por un hermoso arcoiris.
Desde entonces, la luz de Uluru quedó grabada en mi retina para siempre.