Últimos gorilas de montaña del planeta

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domingo, 20 de mayo de 2012

Cráter del Ngorongoro, Tanzania

Tanzania es un país con una riqueza natural insuperable. Sus infinitos paisajes del Serengueti o la magia del Ol Doinyo Lengai, volcán sagrado de los Masais, son solo muestras de un lugar que derrocha vida salvaje por cada uno de sus rincones.

Uno de los lugares que cualquier aventurero debería visitar al menos una vez en su vida es el cráter del Ngorongoro, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979. Se trata de una caldera de 20 kilómetros de diámetro provocada por el hundimiento del Ngorongoro hace más de dos millones de años. Este lugar es hoy día, donde se encuentra una de las mayores concentraciones de vida salvaje de África.
En mi viaje por Tanzania, la llegada al cráter era uno de los momentos que esperaba con mayor entusiasmo. Veníamos de vivir una experiencia única en el Serengueti y ya pensaba que nada me iba a sorprender.

Llegamos ya de noche a nuestra zona de acampada, justo en el borde de la caldera. Deseaba que salieran los primeros rayos de sol para poder ver aquel "paraíso" en la Tierra. La noche fue muy fría debido a la altura, pero nada era más acogedor en aquel momento que la naturaleza que nos rodeaba.
Efectivamente, no pude aguantar a que la luz del día nos iluminara por completo y salí de la tienda cuando apenas el horizonte mostraba un tono azul que contrastaba con el negro estrellado de las noches africanas.

Cogí un café y me senté en el suelo observando la mayor caldera del mundo. Unos momentos después, mientras mis ojos miraban el infinito y mi mente disfrutaba de la paz más absoluta, empezaron a moverse algunos de los arbustos que me rodeaban y apareció ante mí, como si aún no me hubiera despertado y estuviera en el mejor de los sueños, un elegantísimo elefante africano. Su paso era lento pero seguro contrastando con mi corazón, que ahora iba a mil por hora.


Aquel elefante no fue más que el principio de un día repleto de emociones, en el que las manadas de búfalos, ñúes, cebras o hipopótamos estaban siempre al alcance de nuestras manos.


Del cráter del Ngorongoro guardo en mi memoria algunos de los mejores ejemplos del África salvaje, aquella que estudiaba en las clases de geografía y que soñaba con poder ver algún día. Pero de todos esos momentos, hay uno que no se olvida jamás: la primera vez que se ve un león, paseando con su melena ondeada por el viento a tan solo unos metros de distancia. Es la belleza de África en su máximo nivel.