Últimos gorilas de montaña del planeta

Últimos gorilas de montaña del planeta

martes, 24 de julio de 2012

La luz de Uluru (Ayers Rock), Australia

¿Por qué una formación rocosa puede atraer tanto?
Hace muchos años,cuando veía fotos de la lejana Australia, siempre me llamaba la atención esa especie de montaja rojiza que se encuentra en pleno centro de Australia, lejos de todo. Siempre pensé que quería pararme delante de ella y experimentar esa atracción que todo el que la visita dice sentir.

Decidí aventurarme en agosto de 2009 y emprender el viaje más lejano que había hecho hasta la fecha. Por fin iba a poner mis pies en Oceanía y solo por eso ya era emocionante. Entre otros lugares, tenía claro que quería ver Uluru (es el nombre aborigen, aunque es más conocido como Ayers Rock). Para llegar, hice un larguísimo camino en autobús desde Darwin. Tardé tres días en llegar atravesando uno de los lugares más desérticos y aislados que conozco. Durante cientos de kilómetros no veias a nadie, ni una casa, ni una gasolinera, apenas un coche,...Y ahí iba yo, camino del centro de Australia y emocionado porque ya me faltaba muy poco para ver la montaña roja. 








Aquella mañana amaneció nublado y con algunas gotas de lluvia cayendo sobre la arena roja. Durante los últimos kilómetros temí no ver ese atardecer mágico que tantas veces había soñado. Al llegar al mismo centro de Australia, empezó a aparecer en el horizonte, como un espejismo. la inconfundible silueta. Cuando ya estaba a tan solo unos cientos de metros, me detuve, miré a mi alrededor esperando ver un pequeño rayo de sol que iluminara Uluru. Después de un rato largo, las nubes dejaron un hueco perfecto en el horizonte y, como un regalo especial por haber llegado hasta allí, el sol comenzó a iluminar la montaña desde su base hasta la parte más alta. Era indescriptible la sensación de ver "encenderse" Uluru con aquella intensidad y mágicamente rodeada por un hermoso arcoiris.


Desde entonces, la luz de Uluru quedó grabada en mi retina para siempre.















domingo, 20 de mayo de 2012

Cráter del Ngorongoro, Tanzania

Tanzania es un país con una riqueza natural insuperable. Sus infinitos paisajes del Serengueti o la magia del Ol Doinyo Lengai, volcán sagrado de los Masais, son solo muestras de un lugar que derrocha vida salvaje por cada uno de sus rincones.

Uno de los lugares que cualquier aventurero debería visitar al menos una vez en su vida es el cráter del Ngorongoro, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979. Se trata de una caldera de 20 kilómetros de diámetro provocada por el hundimiento del Ngorongoro hace más de dos millones de años. Este lugar es hoy día, donde se encuentra una de las mayores concentraciones de vida salvaje de África.
En mi viaje por Tanzania, la llegada al cráter era uno de los momentos que esperaba con mayor entusiasmo. Veníamos de vivir una experiencia única en el Serengueti y ya pensaba que nada me iba a sorprender.

Llegamos ya de noche a nuestra zona de acampada, justo en el borde de la caldera. Deseaba que salieran los primeros rayos de sol para poder ver aquel "paraíso" en la Tierra. La noche fue muy fría debido a la altura, pero nada era más acogedor en aquel momento que la naturaleza que nos rodeaba.
Efectivamente, no pude aguantar a que la luz del día nos iluminara por completo y salí de la tienda cuando apenas el horizonte mostraba un tono azul que contrastaba con el negro estrellado de las noches africanas.

Cogí un café y me senté en el suelo observando la mayor caldera del mundo. Unos momentos después, mientras mis ojos miraban el infinito y mi mente disfrutaba de la paz más absoluta, empezaron a moverse algunos de los arbustos que me rodeaban y apareció ante mí, como si aún no me hubiera despertado y estuviera en el mejor de los sueños, un elegantísimo elefante africano. Su paso era lento pero seguro contrastando con mi corazón, que ahora iba a mil por hora.


Aquel elefante no fue más que el principio de un día repleto de emociones, en el que las manadas de búfalos, ñúes, cebras o hipopótamos estaban siempre al alcance de nuestras manos.


Del cráter del Ngorongoro guardo en mi memoria algunos de los mejores ejemplos del África salvaje, aquella que estudiaba en las clases de geografía y que soñaba con poder ver algún día. Pero de todos esos momentos, hay uno que no se olvida jamás: la primera vez que se ve un león, paseando con su melena ondeada por el viento a tan solo unos metros de distancia. Es la belleza de África en su máximo nivel.









domingo, 26 de febrero de 2012

Los últimos gorilas de montaña, Ruanda


Hace ya muchos años, en una visita a Fitur, entre los miles de catálogos que me llevé a casa, había uno que se llamaba Pasaporte a la Aventura. En las páginas centrales de aquel pequeño librito había una foto que me llamó la atención especialmente sobre las demás. Desde entonces soñé con conseguir aquella foto, yo también quería estar delante de una familia de gorilas en plena naturaleza.

Los únicos lugares del mundo donde se pueden ver los gorilas de montaña son en Uganda, Ruanda y Congo. En mi caso, me fui hasta Ruanda, al Parque Nacional de los Volcanes, para vivir una de las experiencias más emocionantes que recuerdo.

Llegamos por la tarde a una pequeña ciudad del norte de Ruanda llamada Ruhengeri (hablo en plural porque tuve la suerte de hacer este viaje con mi hermana). Estábamos tan solo a unas horas de nuestro objetivo y el nerviosismo se notaba en el ambiente. Nos alojamos en el mismo hotel donde años antes, la mayor defensora de los gorilas, Dian Fossey, se alojaba cada vez que abandonaba su refugio en las montañas para ir a la ciudad. Aquella noche, cenando bajo un manto increíble de estrellas, nuestra imaginación no paraba de provocarnos con cómo sería aquel encuentro con los gorilas, si los veríamos, si sentiríamos miedo, si podría estar tan cerca como la mujer que aparecía en aquella foto del catálogo.

Apenas pudimos dormir. Nos levantamos a las cinco de la mañana para salir hacia el parque nacional.

Desde que habíamos decidido emprender aquel viaje, María había estado leyendo mucho sobre los últimos gorilas de montaña y recuerdo que, en el aeropuerto de Madrid, justo antes de coger el vuelo, me dijo que quería ver a la familia Susa. Me contó que era la familia más grande de gorilas que había en aquella zona, con más de 30 integrantes y 3 machos espalda plateada (normalmente solo hay uno por familia). También me dijo que aquella familia es la más difícil de encontrar y la que más esfuerzo requiere ya que suele estar en la parte más alta de la montaña. Desde aquel momento, Susa fue nuestro objetivo.

Cuando llegamos al parque nacional, los rangers nos esperaban para sortear las familias de gorilas a visitar entre los 8 grupos de 8 personas que cada día pueden visitar el parque. María y yo, cruzamos los dedos y esperamos impacientes que sonara la palabra Susa en la boca de nuestro ranger. Y sonó. En ese momento, la sensación de felicidad fue inmensa.

Nos pusimos en camino tras una breve charla de seguridad sobre cómo actuar cuando estuviéramos con los gorilas. La caminata fue dura. Al principio atravesamos por una zona de cultivos, más adelante la selva empezó a hacerse cada vez más densa y la niebla cubría gran parte de la montaña. Llevábamos unos guantes especiales para apartar las ortigas, pero no eran suficientes para la cantidad que había y que nos llegaban hasta la cara. Estuvimos caminando aproximadamente tres horas hasta que el ranger se volvió y con una gran sonrisa nos dijo: "Están aquí al lado". El corazón comenzó a latir a una velocidad de miedo y yo no acertaba ni a coordinar mis pies para continuar.

De pronto, el ranger nos dijo que paráramos y miráramos a nuestro alrededor. Lo siento, pero no soy capaz de describir aquel momento. Levanté los ojos, comencé a girar sobre mí mismo disfrutando de la gran familia de gorilas que me rodeaba, algunos, a solo dos metros. Estoy escribiendo estas líneas y todavía se me acelera el corazón al recordarlo.

Disfrutamos de aquel espectáculo durante una hora, que es el tiempo máximo permitido para estar con los gorilas. Durante ese tiempo los vimos comer, jugar, subir a los árboles y observarnos con una mirada que no se olvida jamás.

El tiempo pasó rapidísimo y antes de darnos cuenta, estábamos descendiendo de nuevo de la montaña, pero en nuestra cabeza y en nuestro corazón había quedado para siempre la experiencia más impresionante que recuerdo.

Ah! y traía mi foto.









domingo, 12 de febrero de 2012

Antequera, mi punto de partida

A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de viajar por casi todos los continentes (me falta la Antártida) y he visto algunos de los lugares más impresionantes de la Tierra, desde Machu Pichu hasta Ayers Rock, o desde Ciudad del Cabo hasta los templos de Angkor. Pero la ilusión y energía necesaria cada vez que se emprende un nuevo viaje, nace en el corazón de Andalucía, bajo la atenta mirada de un indio que cuida su vega y de un joven romano que permanece en su ciudad con el paso del tiempo.

Antequera es la ciudad que me vio nacer y donde surgieron mis primeros deseos de conocer sin descanso un mundo inalcanzable en aquel momento y que hoy, con el paso del tiempo, ha caído en mis manos.
Estoy seguro de que ese deseo de conocer más allá de nuestras fronteras es la consecuencia de nacer en una ciudad monumental con tanta riqueza histórica y natural.

A mitad de camino entre las principales ciudades andaluzas, Antequera se abre como un abanico entre su fértil vega y el Paraje Natural de El Torcal. La que fue una de las últimas plazas en la reconquista es hoy una ciudad que conserva el encanto de aquella época al pasear por las estrechas callejuelas de la parte antigua, dominadas por el castillo de Papabellotas. Con una población en torno a los 40 mil habitantes, popularmente se dice que Antequera posee más iglesias que cualquier otra ciudad española, entre las que destaca la Iglesia del Carmen, con su retablo barroco.

A mi me gusta, en días como hoy, pasear por la parte antigua a primera hora de la mañana, cuando la ciudad va despertando al salir el sol por la Peña de los Enamorados, acercarme al mirador frente al Arco de los Gigantes y disfrutar de una ciudad blanca salpicada por las torres de sus iglesias. En este paseo matutino hay que hacer un alto obligado en el camino para tomar un café con un delicioso mollete, un pan de origen árabe que hoy forma parte del desayuno de la mayoría de los antequeranos.

Tras un largo paseo por la historia, a primera hora de la tarde, me voy caminando hacia otro de esos rincones donde me perdería durante horas, el dolmen de Menga, un enterramiento megalítico de casi 4.000 años de antigüedad considerado uno de los más grandes del mundo. Cada 21 de junio, con el solsticio de verano, su interior se ilumina con el primer rayo de sol como queriendo despertar los misterios del pasado.

Después de este paseo melancólico la ciudad comienza a oscurecerse, las calles adoquinadas quedan iluminadas por la tenue luz de las farolas y, antes de entrar en casa, apoyado en el postigo de madera, cierro los ojos y siento que cualquiera de mis viajes por el mundo tienen sentido siempre que vuelva a cerrar el postigo de casa después de un día como el de hoy, disfrutando de Antequera.










viernes, 27 de enero de 2012

Notas de viaje: Caribe colombiano

Como he comentado anteriormente en alguna de las entradas de mi blog, hace dos años me vine a Colombia por un tema laboral y ahora, a punto de volver a España, hago un balance de un país que ya forma parte de mi historia personal y que dejo atrás con cierta tristeza.
Nada más llegar a Colombia me compré la guía de viajes de Lonely Planet y  comencé a internarme en sus páginas en la búsqueda de aquellos rincones que pudieran ser interesantes y que son tan desconocidos en el exterior. Así, guía en mano, fui descubriendo lugares que en más de una ocasión me dejaron con la boca abierta.
En esta primera parte de las notas de viaje, recorro la Colombia caribeña. Naturaleza e historia se mezclan dando como resultado lugares mágicos.

Santa Marta y el Parque Tayrona. Aprovechando un fin de semana largo, me fui a Santa Marta buscando algo de sol y playa, pero encontré mucho más. Santa Marta es una pequeña ciudad a orillas del mar Caribe rodeada por el magnífico Parque Tayrona. Pasé tres noches en Rodadero (un torremolinos caribeño) que realmente no ofrece más que una playa como cualquiera de las del Mediterráneo, pero que es un buen punto de partida para conocer lo que realmente merece la pena, el Parque Tayrona. Este parque, entre la montaña y el mar ofrece unos paisajes espectaculares con playas casi vírgenes a las que solo puedes llegar caminando a través de unos senderos entre una exuberante vegetación (también existe la posibilidad de hacer el recorrido a caballo). Estas playas, en el sector Arrecifes del parque, disponen de lugares de acampada y cabañas básicas para pasar la noche.
De todos los lugares que conozco de Colombia, Tayrona es uno de los mejores y por eso he vuelto en alguna ocasión.






Cartagena de Indias. Se trata del tesoro mejor escondido del Caribe, pero poco a poco se va despertando hacia un turismo internacional que busca playas e historia. La ciudad amurallada está repleta de callejuelas con casas coloridas, iglesias y plazas llenas de vida. En Cartagena se pueden encontrar desde hostales familiares hasta hoteles de lujo en casas coloniales rehabilitadas (El que a mi más me gusta es el Sofitel Santa Clara, que se encuentra en un antiguo convento).
Las cercanas Islas del Rosario (a tan solo una hora en lancha rápida desde el puerto de Cartagena) son la viva imagen del paraiso. La mayoría de estas islas coralinas son privadas y apenas cabe un pequeño hotel rodeado de un mar turquesa. Aunque se puede ir y volver en el día, pasar una noche en La isla del Pirata o en San Pedro de Majagua es todo un lujo.








Isla de San Andrés. Situada a más de 700 km de la costa colombiana, y a tan solo 170 de Nicaragua, esta pequeña isla forma parte de un archipiélago que también incluye Providencia y Santa Catalina.
San Andrés es sinónimo de playa. Las aguas cristalinas de un azul intenso que rodean la parte norte de la isla son una tentación para cualquiera. Uno de los principales atractivos es Johny Cay, un pequeño islote repleto de palmeras y con una playa espectacular al que se accede en lancha desde San Andrés en tan solo 10 minutos. El Acuario también es de visita obligada y se trata de un islote de arena en medio del mar, en el que hay miles de peces de colores que te rodean en cuanto empiezas a hacer snorkel.